Sin adornos superfluos, pero con un toque de sofisticación natural. La luz del sol entra a raudales por los ventanales de piso a techo, y todo el espacio parece brillar como si respirara. La circulación interior es tan fluida que resulta sorprendente: la mesa del comedor está a solo un paso de la cocina, y basta con darse la vuelta para servir la comida. Este enfoque de “menos es más” convierte hasta la hora de comer en un auténtico placer.







